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martes, 12 de junio de 2018

El fin de un principio


    Eran amigos, aunque a veces él la confundiera. Tanto la confundió que dejó de saber que eran, pero no quería que dejaran de serlo. Su imaginación empezó a hablar de amor. Su vida se volvía más bonita cuando ella le miraba de reojo y le pillaba mirándola. Nunca supo cómo sonreía cuando hablaba de él, nunca se fijó en el brillo de sus ojos cuando le hacía reír. Un brillo que no le generaba cualquiera. Cuando estaban solos, frente a frente, su mente le rogaba. “Bésame, bésame”. Él era su secreto peor guardado.
     Entre cigarros, mucho café y viajes cortos en coche se dio cuenta de que estaba enamorada.
     Soñaba con él despertando a su lado, rodeándola con sus brazos, susurrando un “te quiero” en su oído. Le veía poco, pero le sentía mucho. Escribía su nombre una y otra vez en sus cuadernos sin darse cuenta y se preguntaba si él estaría haciendo lo mismo.
     No lo hacía.
   Ella quería quedarse, él nunca le dio razones para hacerlo. No quería que fuesen juntos, pero tampoco quería que fuese con otra persona.
     Con el tiempo ella empezó a despertar. Le era imposible decidir entre razón y corazón. Dejarlo ir o intentarlo una vez más. Muy a su pesar ella tenía demasiada imaginación. Confundía sus mensajes, sus palabras y sus actos desinteresados con el amor. Olvidaba que un puente no se sostiene de un solo lado. De que no podía estar rogando su atención.
     Por fin ella entendió que a él le daba igual tenerla o no. Él hizo que se diera cuenta de que se merecía a otra persona, alguien que la considerase su prioridad, no su opción. Se acabó lo que nunca empezó, un amor quedó pendiente. No la mató, pero cuando alguien confirmó lo que tanto temía algo murió en ella. Volvería a verle, a verles, pero nunca con los mismos ojos.
     No lograba entender cómo podía doler tanto aquello que en el fondo ya sabía. Tuvo que irse, se cansó de permitirle tanto por tan poco. Su interés no se perdió, murió de un balazo en el pecho. 
    Ella seguía queriéndole. Intentó no hacerlo alejándose de él. Vivía al día, sin saber si llegaría a mañana por no saber de él. En el instante en el que volvió a verle, supo que todo había sido inútil. Claro que ella sonreía, bailaba, decía que era feliz. Pero sus ojos ya no brillaban como antes. El alcohol generaba la amnesia que le hacía olvidar lo roto que tenía el corazón. Y a veces, su soledad la hacía caer en los brazos equivocados.
     Para él ella fue su “no lo cuento, no lo admito, no lo olvido”. La tentaba, porque él sin saberlo no quería perderla. La buscará en otras personas, sabiendo que no la volverá a encontrar. Se negará lo evidente. La echará de menos, la llorará en silencio, pero únicamente cuando ella cierre el capítulo de lo que nunca ocurrió.
     “A veces necesitamos una inyección de fantasía para no morir de realidad”. Quién sabe, puede que un día escriba un libro contando la historia que podríamos haber vivido juntos.
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