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martes, 21 de noviembre de 2017

El vestido rojo

     El vestido rojo estaba frente a la barra. Envolvía a una mujer de piernas infinitas con unas curvas más peligrosas que las del Paso de Stelvio en Italia. Su negra cabellera estaba recogida en una alta cola de caballo. Tenía sus ojos clavados en los míos. Bebía de su copa de vino blanco, sin apartar su mirada de la mía. En otra situación hubiese cedido, habría apartado la vista de aquel vestido y su mujer. Pero algo dentro de mí se rehusaba a hacerlo.
     Tocó el diamante que colgaba de su cuello y me sonrió. No fue una sonrisa amiga, era un reto. Un juego.
     El vestido caminó con paso firme hacia mí, contoneando sus caderas y luciendo su esbelta figura. Para mi sorpresa, no se detuvo, continuó su camino hasta el baño. Pero antes de cruzar la puerta se giró en mi dirección y volvió a sonreír. Debía seguirlo. Caminé hasta el servicio en el que mujer y vestido se encontraban y entré. Allí me esperaban.
     Aquella mujer se lanzó directa a mis labios. Me besó con una voracidad que me hizo pensar en el anhelo que debía tener de calor humano. Para mi sorpresa me encontré respondiendo a su beso con ferocidad basándome en el capricho de querer hacerlo. Empezó a acariciar mi creciente erección grácilmente. No la conocía, ni siquiera sabía su nombre, pero quería enterrarme en ella como nunca lo había querido con ninguna otra. Tomé sus caderas y la senté en la encimera del lavabo. Me abrí paso entre sus piernas y descubrí que no llevaba ropa interior. Mi erección palpitó. Ella desabrochó un par de botones de mi camisa para tener fácil acceso a mi cuello. Lo recorrió con su lengua.
     Acariciando su tela, subí el vestido rojo deslizándolo por los muslos de la mujer.
     Me encontré con su sexo, estaba húmedo. Comencé a masajear en círculos su clítoris con mi pulgar, variando la fuerza y la velocidad. Ella gemía, clavaba sus uñas en mis hombros. Bajé mis pantalones de forma apurada hasta las rodillas, seguidos de los calzoncillos. Me miró a los ojos y lamió su mano de arriba abajo. Agarró mi pene con esa mano y comenzó a masturbarme mientras yo seguía dándole placer a ella.
     -Fóllame. –Dijo con severidad. No era una petición, era una orden. Una orden que yo estaba dispuesto a cumplir gustosamente.
     Clavando las manos en sus caderas la acerqué más a mí y la penetré. Mi pene entraba y salía de ella con rapidez. Me excitaba verla; ver como ponía los ojos en blanco mientras se mordía el labio inferior, como arqueaba su espalda hacia mí, como salían esas palabras malsonantes de su boca. Volví a acariciar su clítoris mientras continuaba sumergiéndome en ella. Ambos jadeábamos, tratando de recuperar el aliento que perdíamos por segundo. Unió su boca con la mía. Nuestras lenguas se devoraban.
     Enganché su cola de caballo y tiré de ella. La obligué a levantar la mandíbula y a mirarme a los ojos. Tenía sus piernas enroscadas en mi cintura. Me apretaba contra ella para que profundizase más. Masajeé sus pechos de una forma no muy gentil. Pude sentir como se aproximaba mi orgasmo. Todo mi cuerpo estaba ardiendo, lleno de electricidad. La última estocada fue lenta y profunda, la disfruté al máximo antes de sacar mi pene de su interior y regar su sexo con mi semilla.
     Yo me subí los pantalones, ella se bajó el vestido.

     -Me llamo Alex. –Le ofrecí mi mano. Posó sus ojos en ella, después en mí. No la aceptó, y tampoco dijo nada. Solamente sonrió antes de marcharse. 

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