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jueves, 30 de julio de 2015

CAPÍTULO 11

Melibea


    No ha estado mal para ser mi primer día. Las clases han sido un completo aburrimiento, pero por suerte Gabriel estaba ahí para hacerlas más amenas. Al salir del colegio Marius me espera ligeramente apoyado en su moto de brazos cruzados. Será capullo, sabe perfectamente que odio esa cosa.
    -¿Quién es ese tío y por qué no me está castigando por ser una chica mala? –Pregunta Gabi. Tardo unos segundos en darme cuenta de que tanto su mirada como la de todas las chicas de alrededor están fijas en Marius. –Nos está saludando. ¿Por qué nos está saludando? –No puedo evitar reprimir una pequeña risa. Marius se acerca a nosotras. Gabriel se queda muy quieta, con la boca entreabierta y con los ojos puestos en él. La entiendo, esa fue más o menos la reacción que yo tuve cuando le conocí. No reaccionar. Marius es el mejor dando buenas primeras impresiones, luego le conoces un poco más y dichas impresiones desaparecen.
    -Gabriel, este es Marius. Marius, esta es Gabriel.
    -Qué tal –Saluda él.
    -Hola –Consigue decir al fin ella.
    -¿Nos vamos?
    -Claro –Respondo. –Adiós Gabi –Me despido de Gabriel con la mano y me subo con Marius a la moto. Antes de que arranque yo ya me he aferrado fuerte a su cintura para no salir despedida y acabar convirtiéndome en una tortilla humana.
    Mi pelo oscuro nada contracorriente por el viento porque claro, no llevo casco, la seguridad no importa e infringir la ley tampoco, al menos para Marius. Cuando voy con él en la moto se vuelve un poco más responsable, aunque sigue dándome algún que otro susto en la carretera. El aire tira de mi falda dejando la mayor parte de mis muslos al descubierto, estos aprietan la cadera de Marius cada vez que acelera. Mi corazón late fuerte contra mi pecho, golpeando su robusta espalda. Mantengo los ojos cerrados durante todo el viaje y no los abro hasta que la moto frena por completo.
    Subimos a casa. Un frenético Zeus nos recibe como siempre en la puerta dando vueltas sobre si mismo y moviendo su colita.
    -¿Cómo vas de hambre? ¿Mucho o poco? –Me pregunta Marius.
    -Me comería un elefante. –Respondo dejando la mochila llena de libros a los pies de la mesa.
    -Genial. –Dice desapareciendo tras la puerta de la cocina.




    Con cinco kilos de más encima me siento en el sofá para asentar la comida. Marius se sienta a mi lado, se levanta, coge el mando de la televisión y se vuelve a sentar. Me quito los zapatos y apoyo las piernas en su regazo. Marius juega con los botones del mando hasta que unos dibujos japoneses aparecen en la pantalla. ¿En serio? ¿Estas cosas no son para niños? Ya sabía que Marius se comportaba de forma bastante infantil a veces pero esto ya es un tanto extraño.
    -Dime que es una broma y que no vamos a ver dibujos animados.
    -Se llama anime –Responde él fulminándome con la mirada.
    -Da igual, quítalo. Me niego a ver como unos dibujitos chinos se lanzan bolas de fuego los unos a los otros mientras gritan cosas que no entiendo.
    -Cuanta ignorancia. Lo primero de todo, como vuelvas a decir “dibujitos chinos” en vez de anime, te echo a patadas de esta casa. Son japoneses no chinos. Y lo segundo, no todos los animes tienen por qué ser para niños, que te quede claro mocosa. –Hago un mohín y me callo, no me apetece discutir.  
    Los subtítulos pasan deprisa y al principio tengo que hacer algún esfuerzo por enterarme de lo que pasa pero pronto empiezo a poder leer y mirar a la imagen casi al mismo tiempo. Lo admito, el anime no tiene porque ser solo una cosa de niños. Nunca antes había pensado en las múltiples opciones que existen para matar a alguien usando una cuchara. He de decir también que en varias ocasiones he tenido que reprimir alguna que otra arcada. No estoy acostumbrada a ver tanta sangre y tantas tripas después de comer.
    -¿Qué te ha parecido? –Me pregunta Marius.
    -Bueno… Aunque si te hace mucha ilusión creo que sería capaz de ver un par de capítulos más.
    Dos horas son las que acabamos pasando sentados en ese sofá. Sin darme cuenta he acabado tumbada y con la cabeza apoyada en las rodillas de Marius.
    -¿Soy cómodo?
    -Para nada, tus piernas están duras. Tienes que engordar, ponte gordito para ser una mejor almohada.
    -Tu si que deberías ponerte “gordita”, flacucha. –Se que estoy muy delgada, pero tampoco quiero ponerme a engordar y acabar pesando trescientos kilos. –Anda, levanta. Hagamos algo productivo. Vamos al cine.
    -¿Estás de broma?  
    -Evidentemente. Venga, muévete pequeño demonio, vamos a la librería. Te invito a un buen libro.


Marius


    Necesitaba quitarme a Mel de encima, empezaba a agobiarme de que con tanto roce acabara por notar algo. Es una chica muy inquieta. NIÑA. Marius, es una NIÑA muy inquieta. Que no se te olvide. Me recuerdo a mi mismo.
    Vamos caminando por las calles de la ciudad a la mejor librería que el ser humano ha podido crear, El laberinto del libro. Entramos y ese olor a tinta, papel recién impreso y mezclado con polvo nos invade. Hileras de estanterías de madera forman los pasillos de este pequeño laberinto. Me gusta mucho esta librería, en ella puedo perderme en la lectura de una forma más literal. Mel tiene la boca entreabierta.
    -Sabía que te iba a gustar. –Le digo al oído. Ha debido de crecer un par de centímetros en estos tres meses, siento que ya no tengo que agacharme tanto para ponerme a su altura, aun así sigue siendo diminuta. Melibea me mira. Su ojo derecho, el azul, es dulce e inspira ternura. El izquierdo en cambio, el marrón, es atrevido y desafiante. Pero ahora sus dos ojos me miran a mí con un brillo especial, acompañados de una sonrisa capaz de robarme la mía. Siento como se forma un nudo en mi estomago y me obligo a apartar la mirada y seguir adelante por el laberinto.
    Avanzamos en silencio. Nos paramos de cuando en cuando para leer la sinopsis de esos libros que nos llaman la atención, ninguno parece que va a formar parte de mi estantería por el momento. Me pregunto si Melibea necesitará ayuda para encontrar algún libro que le pueda gustar. Ya se.
    -Marina –Lee Mel en la portada del libro que le tiendo.- Carlos Ruiz Zafón. ¿Lo has leído? ¿De qué va?
    -Sí, lo leí hace unos años. No te voy a decir de que trata, solo que me gusto mucho. Léelo.
    -Si lo has leído lo tendrás en casa, ¿no?
    -Sí, pero es mío. Este es tuyo. Toma. –Coge el libro con las dos manos y lo examina. Parece que la he convencido.
    -Lo tendré que leer entonces. Pero entonces tú tienes que leer… -Mel se aleja unos pasos buscando entre las estanterías hasta que parece que encuentra lo que buscaba y vuelve. Me tiende un libro con una sonrisa pícara.
    -Lolita. Me estás vacilando.  
    -¿Por qué iba a estar haciéndolo? Yo leeré Marina, bien, pues tú lee Lolita.
    -Oye, mocosa, ¿qué demonios haces leyendo esto? –Mel levanta una ceja, como si no acabara de entender del todo la pregunta.
    -Estaba en la biblioteca, lo cogí, lo leí, me gusto y ahora quiero que lo leas tú. –No es ninguna indirecta. Claro que no, relájate pedazo de capullo.  
    -De acuerdo, vamos entonces. –Acepto, tampoco tiene por que estar mal. Quizá incluso me guste, espero que no. Si me gusta podría dar a pensar cosas equivocadas que no me gustarían que nadie pensara. Tampoco quiero pensarlas yo.
    Cada cierto tramo en el pequeño laberinto hay una caja. Pago los dos libros y volvemos a casa.  








Marius


    Pedimos una pizza para que no tenga que cocinar, estoy cansado y ya se ha hecho tarde.
    En lo que traen nuestra cena decido darme una ducha, que no me vendría nada mal. Tampoco me vendría nada mal un buen chorro de agua fría en… Bueno.
    Salgo del cuarto de baño envuelto en una toalla de cintura para abajo. Entro en mi habitación. Adiós toalla, hola arrepentimiento. Mel abre la puerta de golpe.
    -Oye Marius donde tienes el dinero para… -Sus ojos se abren como platos. Los dos nos quedamos unos segundos sin reaccionar y los ojos de Mel se clavan en lo que debería estar cubriendo la dichosa toalla- Oh Dios, yo eh… Lo siento, yo… -Y sale de la habitación con las mejillas ardiendo.
    Bajo al salón, ya con camiseta y calzoncillos, pensando en lo que puedo decir. Melibea está sentada en uno de los sillones, muy rígida y con la cabeza gacha. Sigue roja como un tomate. Debería sentir vergüenza pero lo cierto es que esta situación me parece bastante cómica.
    Me siento en frente de ella sin saber como romper el hielo.
    -¿Cómo has pagado la pizza? ¿Encontraste la cartera?
    Asiente.
    -¿No tienes hambre?
    Niega con la cabeza.
    -¿Quieres hablar de lo que acaba de pasar?
    Vuelve a negar rotundamente con la cabeza.
    -Vale. Aun que bueno, es algo normal. Una parte más del cuerpo de un hombre. Un poco encogida por el frío, todo hay que decirlo porque…
    -¡Ay Marius, en serio, no quiero hablar de tu pene! –Melibea se muerde el labio y no me queda en claro si se esta controlando para no echarse a reír. –Es enano. –Y entonces empiezan las carcajadas.
    -Maldita mocosa, ya te he dicho que hacia frío. –Le tiro un cojín a la cabeza.
    -Au. –Lo recoge del suelo- No te engañes, estamos a unos veintiséis grados.
    -Veintiséis. Ese número me recuerda a lo que mide el poderoso mini Marius.
    -¿Veintiséis milímetros? Yo diría que un poco menos.
    -Estás hecha una graciosa. Las mías son de las que luego crecen, ¿vale? –Cualquiera diría que soy un mentiroso, pero hablo muy en serio. Mel es una exagerada. – Puede decírtelo la rusa que ha estado aquí esta mañana, por ejemplo. Además, qué vas a saber tú de cuanto es mucho o poco, mocosa.
    -Espera, ¡¿qué?! Arg Marius, ¿en tu cama?
    -En el sofá.
    -Eres asqueroso, te odio. No voy a poder volver a sentarme en ese sofá nunca más. –Se que no lo dice en serio.
    -Puse una sabana debajo, ahora calla y come.
    Cenamos y subimos a la cama. Estoy tan cansado de no hacer nada… Mel por el contrario no parece muy cansada sino fuera de lugar. Ya tumbados en la cama Mel me pregunta:
    -¿De verdad se siente bien el sexo? -¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Es que me va a tocar dar el típico discurso sobre la sexualidad?
    -Sí, pero no tengas prisa por descubrirlo. Y si quieres no llegar a descubrirlo nunca, por mi genial.
    Las comisuras de su  labio se levantan a la fuerza. No se si estoy en territorio peligroso.
    -Pero… ¿A las chicas también les gusta?
    -¿Te da miedo que no te guste el sexo? –Mel entierra la cara en su almohada, es decir, en mí. Sí, me he convertido en una almohada. –Oye, no te preocupes por eso ahora. Cuando llegue el momento ya lo descubrirás. Y no tiene por que ser ahora. En serio, no te metas prisa con eso, sigues siendo una niña. –Le doy un beso en la coronilla. –Descansa, Mel.
    -Buenas noches Marius.
   










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