Instagram

domingo, 19 de abril de 2015

CAPÍTULO 7

Melibea

    No he salido de mi habitación en unas tres horas. Necesito ver el sol y respirar algo de aire fresco.
    Bajo a ver si el idiota de Marius me entretiene pero no le encuentro. Vuelvo a subir y miro en su habitación.
    -¿Marius? –Llamo antes de entrar.
    Nada.
    Si se hubiese marchado le habría escuchado, no creo que haya salido a hurtadillas.
    Le busca hasta en el último piso. ¿Dónde se habrá metido?
    Oigo “maullar” a Zeus. Ha sonado cerca, con algo de eco incluso. Deben de estar en el techo del edificio. Nunca antes había subido. El tramo de escaleras se acaba y una puerta negra se impone ante mí. Cuando trato de abrirle se queda algo atorada y le doy un golpecito con el hombro para que se abra del todo.
    La luz del sol hace que entrecierre los ojos. Una vez que mis ojos se adaptan a tal luminosidad  lo que veo me sorprende.
    Zeus corre a mi encuentro por en césped verde brillante. Un paseo de piedras llega hasta un cenador de madera al que da sombra un frondoso cerezo, otro camino del paseo de piedras rodea una piscina y termina en una gran barbacoa naranja.
    Me acerco impresionada al borde de la piscina.
    Marius me sobresalta saliendo del agua; chorreando, en bañador y con su pecho subiendo y bajando deprisa.
    -¿Qué haces aquí? –Pregunta mirándome con media sonrisa en los labios y una expresión divertida en su mirada.
    Mi mirada, en cambio, recorre su cuerpo. Soy capaz de ver todas y cada una de las millones de gotas de agua que resbalan sobre el musculoso, lleno de lunares y bronceado cuerpo de Marius.
    Se ha dado cuenta. Ahora su rostro muestra una expresión divertida y a la vez tentadora. Joder su rostro... Sus ojos grandes, expresivos con pocas pestañas. Tiene la mandíbula ligeramente torcida hacia la derecha, no me había fijado hasta ahora. Pequeñas pecas marcan su nariz dándole un aire travieso e infantil que tan a juego le viene a su personalidad.
    -Ve a darte un baño, se está genial ahí dentro.
    -Yo… No tengo bañador –En realidad esa no es la razón por la que no quiero meterme en la piscina.
    -No he dicho que necesites uno –Mis pómulos se encienden. Marius se acerca cada vez más. Su aliento roza mi oído, su mano mi brazo –Quizás podríamos meternos juntos y darnos calor en el agua fría el uno al otro.
    Mi estomago es un bolsa llena de mariposas deseando poder estirar sus alas y volar.
    Me aparto bruscamente de su lado dando un traspié que casi me tira al suelo. Marius ríe.
    -Ya te dije que la pedofília no es lo mío, lo siento.
    ¡¿Por qué me hace esto?! Lo voy a matar, de esta noche no pasa.
    -Vístete, vamos a comprarte un bañador –Dice Marius entrando en el piso, creyéndose superior y con esa sonrisa burlona que no abandona sus labios.
    -Ya estoy vestida.
   Él se para en la puerta y gira su cabeza hacia mí.
    -En ese caso también deberíamos comprar algo de ropa. Dame unos minutos.
    Asqueroso frívolo engreído narcisista.



    Al parecer lo que Marius piensa que son ‘unos minutos’ significan casi hora y media.
    He aprovechado a cambiarme de camiseta a la más arreglada que tengo. No es que me importe lo que ese cerdo piense de mí, claro que no.
    Me alegra que por fin vaya a salir después de tanto tiempo.
    Marius baja rápido las escaleras. Me mira de arriba abajo.
    -¿No decías que ya estabas vestida?
    -Eres idiota.
    -Vamos renacuaja.
    Llama al ascensor, que no tarda en estar aquí. Bajamos en silencio, mirando a todos lados excepto a nuestros ojos. Me resulta un poco incomodo. Llegamos al garaje, él sujeta la puerta para mí.
    -Gracias –Digo sin esperar respuesta.
    Sigo sus pasos bajo la tenue luz que nos ilumina. Me paro detrás de él frente a algo con una lona gris por encima. Oh no.
    -Que sepas que vas a ser la primera persona, mujer y niña que monte conmigo desde que Antoni me la regaló –Una moto no, una moto no. Que sea una yegua o un unicornio, pero una moto no –Tachaaan.
    Mierda.
    Marius destapa una moto negra y plateada. Solo con imaginarme a mí subida en ella me entran los siete males.
    Trago saliva sonoramente sabiendo que Marius me mira entusiasmado. Mi rostro no debe expresar más que miedo. No hay que ser un genio para percatarse de lo que ocurre.
    -Te dan miedo las motos. –Lo dicho, no hay que ser un genio.
    -¿Miedo? ¿Crees que tengo miedo de subir en un “vehiculo” que anda con dos ruedas, conducido por alguien como tú, que es Trending Topic en accidentes? Obviamente, sí. No pienso subirme en eso.
    La diversión no deja rastro alguno en su expresión.
    -¡Venga ya! Piensa que eres María Valverde en Tres Metros Sobre El Cielo y yo Mario Casas. Aunque yo estoy mucho más bueno que él y tú seas… Y que tú seas tú.
    -¿De que hablas? –Estoy perdida.
    Sus labios forman una línea recta.
    -Explícame por qué yo he visto esa película y tú no. Algo falla. –En serio, quiero que se calle. No entiendo nada de lo que dice, es como si solo oyese como balbucea.
    -Marius -Empiezo a decirle con un sereno tono de voz –Primero; cállate, no se de que estas hablando. Segundo, ¡no pienso subirme en esa cosa!




Marius

    Pero será exagerado el pequeño demonio este… Yo no pienso ceder.
    -A ver, renacuaja –Digo con el mismo tono de voz condescendiente que ha usado Melibea antes – Primero, ¿solo sabes hablar griego? Segundo; si no subes en la moto, te vas a quedar en casa sola y aburrida.
    Melibea empieza a andar hacia la puerta del ascensor.
    -¡Eh! –La alcanzo a grandes zancadas. Tomo su brazo y la giro para que me mire a la cara. Suspiro. –Vale, iremos en metro.
    Melibea sonríe satisfecha y, ¿es emoción lo que veo en sus ojos?




Melibea

    Estamos frente lo que parece un centro comercial. Entramos. Estoy algo inquieta. Yo no tengo ni idea de moda, ropa o maquillaje y la verdad es que me siento un poco ridícula por eso en este momento.
    -Venga, primero vamos a por el bañador. –Asiento con la cabeza y le sigo.





Marius

    Llevo a Melibea a una tienda “para mujeres”. Pijamas, bañadores, sujetadores, bragas… Yo ya sabía que se iba a sonrojar. Camina a mi lado con la cabeza gacha más roja que nunca. Se cree muy fuerte y valiente, y puede que lo sea, pero todavía es una cría y se nota.
    -Qué, ¿no ves nada que te guste? –Cojo un conjunto de lencería roja y se lo pruebo por encima. Mel, con su complejo de tomatito cherrie, aparta el conjunto de un manotazo y va directa a la sección de baño.
    Momento de indecisión; bañador, trikini o bikini. Con lo vergonzosa que es seguro que elige el que más tela tenga. 
    Me paro a su lado. Mel mira todos pero no se fija realmente en ninguno, no se le debe de dar muy bien esto de las compras. La emoción que reflejaba ya no está, tiene los hombros hundidos y desgana escrito en la frente.
    -Nunca antes habías ido de compras. 
    Casi inmediatamente Melibea me mira pidiendo ayuda. Un ápice de compasión se apodera de mí. Cojo los cinco bañadores que me parecen más bonitos y que creo que la puedan quedar bien.
    -Anda –Le ordeno con mi mano en su espalda, guiándole a los probadores. –Venga, anda.
   Hago el ademán de entrar con ella en el probador, pero me para antes de dar un paso adelante.
    -Tú te quedas aquí, machote. –Y desaparece detrás de la cortina.
    Espero a que salga apoyado en el probador de en frente. De la puerta, ahora entreabierta, Mel asoma la cabeza.
    -No puedo abrocharlo…
    -¿Dos días juntos y ya no puedes hacer nada sin mí? –Sus mejillas se encienden.
    -Idiota –Abre del todo la puerta para que yo pase. Se ha probado el bikini azul celeste primero. Con una mano sujeta el traje de baño en sus, inexistentes aún, pechos. Y con la otra se aparta el pelo del cuello para facilitarme el trabajo. Bajo la vista casi sin darme cuenta a su pequeño trasero. Es gracioso. La parte de abajo del bikini es más pequeña que  la de sus braguitas así que puedo ver el borde de estas. Sonrío.
    Melibea, después de atar ambos lazos, se gira hacia mí. Lo cierto es que le queda muy bien.
    -Perfecto. ¿Te gusta?
    -Si –Parece dudosa.
    -Pues nos lo llevamos, pruébate los demás.
    Salimos de la tienda con tres de los cinco bañadores que elegí. La llevo a una tienda de ropa. Creo que voy a tener que volver  hacer de estilista.
    Melibea parece que empieza a divertirse un poco. Camina despacio tocando la tela de las filas y filas de camisas, vestidos y pantalones. Incluso se prueba un sobrero horrendo y actúa como una señora estirada y repelente. Coge un vestido y me lo prueba por encima, igual que hice yo hace un rato con la lencería. Hace una mueca diciendo que no me favorece y lo deja en su lugar. Ríe. Me gusta su risa.



Melibea

    Acabamos con las compras y entramos en un restaurante italiano a comer. El camarero nos sienta en una mesa para dos.
    -¿Italiano? ¿En serio?
    -Aha. Me encanta hablar a los camareros en italiano y ver la cara de idiota que se les queda –Contesta Marius.
   -Que cruel.
    -Lo sé.
    Cojo la carta. Es la segunda vez en mi vida que vengo a un restaurante. La primera vez fue con mi madre y mi padre, aunque yo era muy pequeña y no lo recuerdo bien. Tal vez ni siquiera fue real, puede que solo fuera un sueño.
    -Pide tú por mí, se supone que aquí eres el entendido –Le dedico una rápida sonrisa y me levanto –Voy un momento al baño.
    Cuando vuelvo a la mesa el camarero ya se está alejando.
    -¿A puesto cara de idiota?
    -Totalmente. –Sus ojos se clavan en los míos.
    -¿Qué vamos a comer pues?
    -Cannelloni con salsa di pomodoro, ossobuco e cannoli per dessert.
    -Y eso es…
    -Canelones con salsa de tomate, guiso de jarrete de ternera y de postre… No sabría la palabra exacta en castellano.             Es una masa rellena de ricota espolvoreada con chocolate.
    Marius empieza a hablarme en italiano, no entiendo nada, y como venganza yo le hablo en griego.
    Nuestra conversación no debe de tener el menor sentido. Puede que el me esté diciendo un mar de barbaridades trogloditas, aunque suena precioso, pero yo le cuento la sinopsis de mi libro favorito. La gente a nuestro alrededor nos mira desconcertados. Llega la comida. Tiene un aspecto delicioso. Empezamos a comer y nos dejamos de conversaciones de besugos. Marius me mira mientras como sin decir palabra. Siento que estoy comiendo como un caballo. Seguro que tengo algo entre los dientes, los labios llenos de pomodoro y hago mucho ruido masticando. Espero que no.


    Volvemos a casa en taxi. Marius ha dicho que se negaba a ir en metro cargando con todas las bolsas. Zeus nos recibe en la puerta. Marius me arrebata las bolsas de las manos y las sube a mi habitación, yo subo también.
    -Ponte uno de los bañadores y vamos al agua renacuaja. Me muero de calor.
    Joder, verano tenía que ser.
    -Acabamos de comer… Si nos bañamos ahora se nos puede cortar la digestión… -Digo en un intento de excusarme.
    -No me seas remilgada, venga.
    Tranquila, respira Melibea. No va a pasar nada. Nadar tampoco debe de ser tan complicado. Hasta los niños de tres años saben nadar.
    Marius va solo con el bañador y yo llevo uno de los bikinis con una camiseta holgada por encima.
    Me siento en el borde de la piscina con los pies dentro del agua. Marius salta y se tira de cabeza salpicándome entera. El agua está tan fría que me corta la respiración. Después de hacerse un largo buceando sale de un salto a mi lado, volviendo a salpicarme. Se sienta conmigo.
    -Marius, no se nadar. –Ala, ya está dicho.
    Me mira con los ojos abiertos como platos.
    -Tampoco es que sea un extraterrestre por no saber nadar.
    -Puede que no lo seas por no saber nadar, pero yo sigo dándole vueltas a esa posibilidad. –Sonríe y me da un golpecito cariñoso con el hombro. –Vamos, voy a enseñarte. Te prometo que hoy aprendes a nadar, aunque sea al estilo perrito.

    Eso me hace reír. 

1 comentario: