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viernes, 25 de julio de 2014

CAPITULO 6

Melibea

    Estoy en un mundo sin color. Sola. Puedo escuchar como chocan pequeñas gotas contra el suelo. Pero no se de donde vienen.
    Alcanzo a ver unas sombras en la lejanía, doy cortos pasos hacia ellas. Con cada paso empiezo a ver mejor y ya puedo distinguir que se trata de tres personas. El goteo se hace más fuerte, y más continuo. Voces retumban en mi cabeza. No consigo entender lo que dicen. Ya alcanzo a ver mejor. Un hombre y una niña, la otra persona está ahora tirada en el suelo. Sin saber por qué corro en su dirección. Las palabras cada vez son más claras.
    “No vales para nada” “Todas las mujeres sois unas putas” “Inútiles y guarras””Inútiles y guarras” “Inútiles y guarras”
    Tapo mis oídos y cierro los ojos con fuerza. Caigo de rodillas, grito. Las voces y ese goteo continuo son demasiado fuertes. Mi cabeza va explotar. Para.
    Siento algo húmedo y caliente en las manos, al mirarlas veo sangre. Levanto la vista, lo que veo es de todo menos bonito. Una bestia dentro del cuerpo de un hombre corpulento, pero sus ojos rojos le delatan. Al fin y al cabo son las ventanas del alma, ¿no?
    Bestia, madre e hija.
    Mi corazón se acelera.
   A duras penas consigo ponerme de pie sin apartar la vista de la escena que ocurre ante mis ojos. La bestia golpea a mi madre en el estomago una y otra vez con el pie. Mi otra yo la mira  incapaz de moverse. Es extraño ver esto desde fuera. Pestañeo y ya no estoy donde antes, sino en el lugar que ocupaba mi doble. Mi madre ya no respira… La puta historia se repite. Él viene a por mi, intento correr pero mis pies parecen de plomo y no puedo moverme. Empiezo a temblar. Y justo en el momento en el que las manos de mi padre me van a tocar, grito.
    Despierto aterrorizada. El pelo pegado a mi nuca. Un sudor frío me recorre la espalda. Entierro la cara entre mis rodillas llorando. Aún tengo los pelos de punta y sigo temblando. Ojala Antoni estuviera aquí para consolarme, cogerme de la mano y decirme que no iba a pasarme nada malo nunca más. Como si Dios me hubiera escuchado una persona entra en la habitación. Por una milésima de segundo pienso en la posibilidad de que sea Antoni. Que decepción.
    -Melibea, ¿estas bien? -Niego con la cabeza sin mirarle, me cuesta respirar. Las lágrimas salen sin control.
    Marius se sienta en el borde de la cama y pone una mano sobre mi espalda.
    -Ey, tranquila. No pasa nada, ¿un mal sueño? –Asiento- Respira renacuja…
    Cuando consigo calmarme un poco le miro. Que raro, no lleva camiseta.
    -Mel, no pasa nada. Solo ha sido una pesadilla, eso es todo.
    -No ha sido solo una pesadilla… -Digo de forma casi ilegible.
    -¿Qué quieres decir? –Que eres estupido, eso quiero decir.
    -Nada, olvídalo… -Él suspira confundido.
    Se levanta de la cama y camina hacia la puerta. Aunque nunca lo admitiría en voz alta, me gustaría que se quedase aquí conmigo.
    -¿A que esperas? –No se a que se refiere- Es obvio que tu no vas a poder volverte a dormir, al menos sin alguien a tu lado. Bueno, pues yo tengo sueño y no pienso dormir en otra cama que no sea la mía. Levanta tu pequeño trasero y ven.
    Al principio dudo, parece que habla en serio y no creo que fuera tan cruel de gastarme una broma pesada justo ahora. Salgo despacio de la cama aún dubitativa. Al empezar a caminar hacia Marius veo que el se fija en mis piernas. Me incomodo al pensar en que estará mirando todas las cicatrices, segundos más tarde me doy cuenta de que en el caso de que pudiera ver las cicatrices de las piernas significaría que no llevo pantalones. Correcto. Instintivamente bajo la camiseta lo que puedo con las manos que cubre hasta el comienzo de los muslos. Mis mejillas comienzan a arder y doy gracias Dios por que solo se la luz del pasillo la que está encendida. Marius me mira divertido.
    -Odio dormir con pantalones –Le digo un poco a la defensiva.
    -Bien, yo odio dormir con camiseta –Y con es sonrisita de autosuficiencia que tan furiosa me pone, va a su habitación.
    Le sigo. Mis manos siguen sujetando la camiseta gris que uso para dormir. Es muy vergonzoso pensar que me ha visto en bragas.
    Entro en la habitación de Marius despacio. Una lamparita ilumina un cuarto algo más grande que el mío; las paredes están recubiertas de periódicos con tonos grises, hay una cama como la mía con la funda del edredón azul oscuro y los cojines a juego, una estantería blanca llena de libros, bastardo mentiroso, luego dice que es mejor esperar a la película… Una mesa con un ordenador y un equipo de música, y unas grandes ventanas. También hay ropa por el suelo, lápices y bolas de papel por todas partes.  
    Vuelvo a mirar a la cama, Marius ya se ha acostado. Se echa a un lado para dejarme sitio y da unas palmaditas al colchón. Como respuesta me acuesto a su lado. Me quedo tiesa, como un palo. Él no está tan rígido pero también se le notan los nervios.
    -Oye… ¿Estás bien?
    -Hum… Sí, sí… Em… Sí, gracias por preocuparte.
    -Ha debido de ser un sueño horrible. –Sí chico listo. No le contesto, tampoco es que lo vea necesario.
    Marius se gira dándome la espalda, al moverse su rodilla toca mi tobillo. Solo con ese pequeño contacto me estremezco, me excito y la piel se me pone de gallina. El cerdo, pero no tan cerdo, ignorante, pero no tan ignorante, parece que se da cuenta por que se ríe por la nariz.
    Mis parpados acaban cediendo y se cierran arrastrándome en un profundo sueño.




    Abro los ojos. ¿Dónde demonios estoy? Ah, cierto. La casa de Antoni… Concretamente en la habitación de su hermano pequeño… ¿Y Marius? Miro el reloj de la mesita de noche, las ocho. Que raro, había imaginado a Marius como el tipo de chico que no se levanta de la cama hasta la hora de comer. Pues si el está ya en pie yo no voy a quedarme aquí vagueando.
    Antes de bajar al piso de abajo paso por mi habitación a coger unos pantalones. Odio llevar pantalones, y se esta genial sin ellos, pero tampoco es plan de ir en bragas por la casa.
    -¡Buenos días Melibea! –Marius sale de la cocina con dos platos llenos de comida.- Te he preparado el desayuno, bueno, nos he preparado el desayuno. Beicon, huevos revueltos, tortitas con sirope de chocolate… ¡Anda! Se me había olvidado, eres vegetariana. Entonces no puedes comer nada de esto. Bueno, le daré las sobras a Zeus ya verás que contento se pone.
    Guiña un ojo y sonríe maliciosamente.
    Todo tiene tan buena pinta. Nunca había visto tanta comida deliciosa junta. Si tan solo pudiera darle un mordisquito a las tortitas… Me rindo.
    -Eres una mala persona –Me siento en frente de el y voy poniendo un poco de todo en mi plato.
    -Venga Mel, si al fin y al cabo esto lo hago por ti.
    Desayunamos en silencio. El perro con ojillos suplicantes ladra, o maúlla, pidiendo comida.
    -¿Le puedo dar un trozo de beicon? –No quiero que por mi culpa tenga una indigestión, mejor preguntar. 
    -Mejor no –Contesta Marius llamando a Zeus por debajo de la mesa. Cuando el perro está a los pies de su dueño este le da un una tira de beicon entera. ¿No acababa de decirme que no hiciera exactamente lo que ha hecho el?
    -¿Por qué…?
    -Por que si tú le mimas más que yo, acabará queriéndote más a ti y olvidándose de mi. Y es mi perro joer, tengo preferencia ¿no?
    Hacía mucho tiempo desde la última vez que me reí de verdad. Puede que ahora empezara a reír más a menudo. Puede que en esta casa, con mi tutor legal Antoni, con este gran idiota y Zeus, un perro que parece un gato, consiga sentir lo que en tan pocas veces he sentido. Puede que alcance a sentir la felicidad.

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