Instagram

sábado, 29 de septiembre de 2018

Una carta extraviada


Querido amor;
te pienso a cada segundo, a cada instante. No sé en qué momento mi mente se hizo tuya.
Pienso en cómo odio que no estés a mi lado. En que odio no poder tocarte y abrazarte. Odio no poder mirar esos ojos azules. Odio no poder darte besitos en la frente… Odio la distancia que nos separa.
Pero me niego a que la distancia me prohíba quererte. Porque podrá quitarnos muchos besos, pero no podrá quitarme lo que siento. Porque te quiero, a pesar de los doscientos kilómetros que nos separan. Sólo son una razón para querernos con más fuerza. Para dedicarnos muchas más canciones, para hacer planes, para pedirte que me envíes un audio y me digas que no, para compartir más series y películas, para mandarte fotos mías antes de dormir, para tener más orgasmos a causa del otro, para restar con ilusión los días que nos quedan para vernos y poder estar juntos.
Quiero que sigas llamándome pequeña, que me des mini puntos y que me hagas rabiar, que después te rías y me digas que me quieres.
Eres la primera persona en la que pienso al despertar, la última con la que hablo antes de soñar contigo. Y no sabes la sonrisa de tonta que se forma en mis labios cuando leo “Buenas noches pequeña”. Quiero que sepas que empecé a llamarte “amor” porque es lo que me haces sentir con cada mensaje.
No quiero que estés triste por no estar a mi lado. Estaré contigo siempre, aunque no sea de la forma en la que más nos gustaría. Quiero que pienses en cómo nos besaremos con el doble de ganas. En todas las hamburguesas sin cebolla que vamos a comer juntos. En el cine que tenemos pendiente. En las canciones de reggaetón que bailaremos pegados. En cómo será sentirnos desnudos, piel con piel, haciendo el amor.
Sé que tendremos etapas de celos, ataques de querer vernos, pero merece la pena luchar por aquello que quieres. Es el precio que tendremos que pagar para vivir momentos inolvidables juntos. Prefiero intentarlo antes de pensar en qué podría haber sido.
Lo que no sabe la distancia es que somos infinitos.
Con amor, a 205 km de ti.
X.

martes, 12 de junio de 2018

El fin de un principio


    Eran amigos, aunque a veces él la confundiera. Tanto la confundió que dejó de saber que eran, pero no quería que dejaran de serlo. Su imaginación empezó a hablar de amor. Su vida se volvía más bonita cuando ella le miraba de reojo y le pillaba mirándola. Nunca supo cómo sonreía cuando hablaba de él, nunca se fijó en el brillo de sus ojos cuando le hacía reír. Un brillo que no le generaba cualquiera. Cuando estaban solos, frente a frente, su mente le rogaba. “Bésame, bésame”. Él era su secreto peor guardado.
     Entre cigarros, mucho café y viajes cortos en coche se dio cuenta de que estaba enamorada.
     Soñaba con él despertando a su lado, rodeándola con sus brazos, susurrando un “te quiero” en su oído. Le veía poco, pero le sentía mucho. Escribía su nombre una y otra vez en sus cuadernos sin darse cuenta y se preguntaba si él estaría haciendo lo mismo.
     No lo hacía.
   Ella quería quedarse, él nunca le dio razones para hacerlo. No quería que fuesen juntos, pero tampoco quería que fuese con otra persona.
     Con el tiempo ella empezó a despertar. Le era imposible decidir entre razón y corazón. Dejarlo ir o intentarlo una vez más. Muy a su pesar ella tenía demasiada imaginación. Confundía sus mensajes, sus palabras y sus actos desinteresados con el amor. Olvidaba que un puente no se sostiene de un solo lado. De que no podía estar rogando su atención.
     Por fin ella entendió que a él le daba igual tenerla o no. Él hizo que se diera cuenta de que se merecía a otra persona, alguien que la considerase su prioridad, no su opción. Se acabó lo que nunca empezó, un amor quedó pendiente. No la mató, pero cuando alguien confirmó lo que tanto temía algo murió en ella. Volvería a verle, a verles, pero nunca con los mismos ojos.
     No lograba entender cómo podía doler tanto aquello que en el fondo ya sabía. Tuvo que irse, se cansó de permitirle tanto por tan poco. Su interés no se perdió, murió de un balazo en el pecho. 
    Ella seguía queriéndole. Intentó no hacerlo alejándose de él. Vivía al día, sin saber si llegaría a mañana por no saber de él. En el instante en el que volvió a verle, supo que todo había sido inútil. Claro que ella sonreía, bailaba, decía que era feliz. Pero sus ojos ya no brillaban como antes. El alcohol generaba la amnesia que le hacía olvidar lo roto que tenía el corazón. Y a veces, su soledad la hacía caer en los brazos equivocados.
     Para él ella fue su “no lo cuento, no lo admito, no lo olvido”. La tentaba, porque él sin saberlo no quería perderla. La buscará en otras personas, sabiendo que no la volverá a encontrar. Se negará lo evidente. La echará de menos, la llorará en silencio, pero únicamente cuando ella cierre el capítulo de lo que nunca ocurrió.
     “A veces necesitamos una inyección de fantasía para no morir de realidad”. Quién sabe, puede que un día escriba un libro contando la historia que podríamos haber vivido juntos.
.

martes, 21 de noviembre de 2017

El vestido rojo

     El vestido rojo estaba frente a la barra. Envolvía a una mujer de piernas infinitas con unas curvas más peligrosas que las del Paso de Stelvio en Italia. Su negra cabellera estaba recogida en una alta cola de caballo. Tenía sus ojos clavados en los míos. Bebía de su copa de vino blanco, sin apartar su mirada de la mía. En otra situación hubiese cedido, habría apartado la vista de aquel vestido y su mujer. Pero algo dentro de mí se rehusaba a hacerlo.
     Tocó el diamante que colgaba de su cuello y me sonrió. No fue una sonrisa amiga, era un reto. Un juego.
     El vestido caminó con paso firme hacia mí, contoneando sus caderas y luciendo su esbelta figura. Para mi sorpresa, no se detuvo, continuó su camino hasta el baño. Pero antes de cruzar la puerta se giró en mi dirección y volvió a sonreír. Debía seguirlo. Caminé hasta el servicio en el que mujer y vestido se encontraban y entré. Allí me esperaban.
     Aquella mujer se lanzó directa a mis labios. Me besó con una voracidad que me hizo pensar en el anhelo que debía tener de calor humano. Para mi sorpresa me encontré respondiendo a su beso con ferocidad basándome en el capricho de querer hacerlo. Empezó a acariciar mi creciente erección grácilmente. No la conocía, ni siquiera sabía su nombre, pero quería enterrarme en ella como nunca lo había querido con ninguna otra. Tomé sus caderas y la senté en la encimera del lavabo. Me abrí paso entre sus piernas y descubrí que no llevaba ropa interior. Mi erección palpitó. Ella desabrochó un par de botones de mi camisa para tener fácil acceso a mi cuello. Lo recorrió con su lengua.
     Acariciando su tela, subí el vestido rojo deslizándolo por los muslos de la mujer.
     Me encontré con su sexo, estaba húmedo. Comencé a masajear en círculos su clítoris con mi pulgar, variando la fuerza y la velocidad. Ella gemía, clavaba sus uñas en mis hombros. Bajé mis pantalones de forma apurada hasta las rodillas, seguidos de los calzoncillos. Me miró a los ojos y lamió su mano de arriba abajo. Agarró mi pene con esa mano y comenzó a masturbarme mientras yo seguía dándole placer a ella.
     -Fóllame. –Dijo con severidad. No era una petición, era una orden. Una orden que yo estaba dispuesto a cumplir gustosamente.
     Clavando las manos en sus caderas la acerqué más a mí y la penetré. Mi pene entraba y salía de ella con rapidez. Me excitaba verla; ver como ponía los ojos en blanco mientras se mordía el labio inferior, como arqueaba su espalda hacia mí, como salían esas palabras malsonantes de su boca. Volví a acariciar su clítoris mientras continuaba sumergiéndome en ella. Ambos jadeábamos, tratando de recuperar el aliento que perdíamos por segundo. Unió su boca con la mía. Nuestras lenguas se devoraban.
     Enganché su cola de caballo y tiré de ella. La obligué a levantar la mandíbula y a mirarme a los ojos. Tenía sus piernas enroscadas en mi cintura. Me apretaba contra ella para que profundizase más. Masajeé sus pechos de una forma no muy gentil. Pude sentir como se aproximaba mi orgasmo. Todo mi cuerpo estaba ardiendo, lleno de electricidad. La última estocada fue lenta y profunda, la disfruté al máximo antes de sacar mi pene de su interior y regar su sexo con mi semilla.
     Yo me subí los pantalones, ella se bajó el vestido.

     -Me llamo Alex. –Le ofrecí mi mano. Posó sus ojos en ella, después en mí. No la aceptó, y tampoco dijo nada. Solamente sonrió antes de marcharse. 

martes, 14 de noviembre de 2017

Sin respuesta

     El fuego ardía en su mirada cuando comenzó a desabrochar los botones de su camisa. Despacio, muy despacio. La observaba en silencio, mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho. Permitió que fuese yo el que terminara de quitarle la camisa. Deslicé mis manos por su cuello, siguiendo el camino de sus hombros. Disfruté cada segundo en el que mis dedos entraron en contacto con su tersa y suave piel. Detuve mi mirada en la curvatura de sus pechos, aún escondidos tras su sujetador de encaje negro. Se acercó a mí.
     Tomando mi cuello acercó sus labios a los míos. Revolvió todo en mi interior. Abriendo mi boca encontré su lengua, que me acarició de forma melodiosa, con una delicadeza que me era difícil de explicar. Desabroché su sujetador con nuestras bocas aún unidas en aquel cálido beso.
     Continuamos quitándonos la ropa el uno al otro. Su pecho pegado al mío, mi sexo rozando el suyo. Nuestras respiraciones eran fuertes, agitándose más con cada caricia, con cada beso, con cada movimiento de cadera.
     Se tumbó en la cama y con sus manos comenzó a acariciar su cuerpo. Masajeó sus pechos, haciendo hincapié en sus endurecidos pezones. Poco a poco recorrió su vientre plano, hasta llegar a su suave monte de Venus. Abrió las piernas ante mí mientras se masturbaba. Jugaba con su clítoris, metiendo un dedo en su interior cada pocos segundos. Pude ver como su espalda se arqueaba y sus piernas temblaban de placer. Sin apenas darme cuenta yo también me estaba masturbando.
     -Ven. –Dijo en un suspiro.
     Me tumbé encima de ella. Posé un beso en sus labios y acto seguido recorrí su cuello con la lengua. Nuestros cuerpos estaban ardiendo. Separé sus piernas con ayuda de mis rodillas y entre en ella. Soltó un pequeño gemido que contenía mi nombre. Nuestras caderas se movían sincronizadas. Sentía como ella se envolvía en mí. Sus pezones rozaban mi pecho. Olas de electricidad recorrían mi cuerpo mientras la penetraba. Clavaba sus uñas en mi espalda y gemía contra mi oído. Enterró su cara en mi cuello. Se apretaba con fuerza a mí, haciéndome entrar profundamente en ella. Cerré mis puños como señal de que mi clímax se acercaba.
     -¿Llegas? –Susurré contra su oreja.
     Ella gimió como respuesta.
     Gritó mi nombre mientras alcanzaba el orgasmo. Regué su interior con mi semilla y deje que mi erección desapareciera en ella.
     Me tumbé a su lado y nos quedamos en silencio unos segundos. Ella encendió un cigarrillo. Marlboro Red. La miré, vi como el humo se escapaba de sus labios y su expresión se relajaba. En ese momento lo supe.
     -Estoy enamorado de ti.

     Ella no respondió.  

jueves, 10 de noviembre de 2016

CAPÍTULO 16

Marius

     -Te quiero. –Melibea me besa. Nuestros cuerpos se entrelazan, pero todo se funde a negro antes de que podamos llegar a formar el uno parte del otro.

     Despierto con las sábanas pegadas al cuerpo y con una erección entre las piernas. Muy despacio voy abriendo los ojos y empiezo a poder ver mi habitación, iluminada por los rayos del sol, con claridad. Miro con el ceño fruncido el hueco vacío de mi cama en el que debería estar Melibea, ayer por la noche no estaba de humor como para dormir con ella. Me sentía engañado, y estaba celoso. Muy celoso.
      Me levanto de la cama y bajo a desayunar. Al abrir la puerta de mi habitación me encuentro con Melibea en el pasillo. Su despeinado pelo cae sobre y sus hombros, deslizándose por su espalda. Lleva una de mis camisetas. A mí me quedaría muy ajustada, marcando los músculos de mi espalda, pero en ella se ve gigante. Sus piernas desnudas hacen que se me erice el vello de la nuca. Mel me mira desde abajo. Sus mejillas se tornan de un suave color rosado. Me encanta su reacción cuando me ve sin camiseta, me recuerda a lo inocente que es en realidad. Pienso en si el chico ese con el que estuvo ayer hará también que sus mejillas cojan color.
       -Buenos días. –Una vez vuelve en sí.
      -Buenos días. –Mel sonríe como si hubiera pensado que no iba a responder y se sintiera aliviada al ver que sí lo hago.   
      Bajamos a la cocina y, como siempre, soy yo quien prepara el desayuno. Pegada a la puerta de la nevera hay una nota de Antoni:
Estoy en la oficina.
No me esperéis despiertos.
Antoni.

      Dejo la nota encima de la mesa para que la pueda leer Melibea.
      -Parece que nos hemos quedado solos, otra vez. ¿Algún plan para hoy? –Dice ella.
      -Debería empezar a repasar mi tesis. Apenas faltan tres semanas para la presentación. –Respondo.
      -¿Una tesis? –Asiento. –Y… ¿De qué trata dicha tesis? –Mel sube los pies a la silla y se lleva las rodillas al pecho. Me mira levantando una ceja.
       -Filosofía. –La respuesta le sorprende y cambia su expresión.
       -No te veía yo como una persona muy ilustrada. –Se ríe mordiéndose la lengua. Me acerco a ella y, poniéndome a su altura, la miro a los ojos y digo:
      -“Ignorantes somos todos, solo que ignoramos cosas diferentes.” Albert Einstein.  
      Melibea pone los ojos en blanco y empieza a comer.
      Una vez hemos terminado los dos de desayunar, subimos a la terraza en “pijama”. Me tumbo en una hamaca que está al lado de la piscina. Mel se acerca por detrás y lanza una patada al agua haciendo que miles de gotas de agua fría caigan sobre mí poniéndome la piel de gallina. Me levanto de golpe y me seco el torso con una toalla. Melibea me mira y se empieza a reír. Yo respondo a su risa con una expresión furiosa. Doy un paso hacia ella y deja de reír. Un paso más. Antes de que Mel pueda echar a correr yo atrapo su cintura, la elevo en el aire balanceándola por encima de la piscina, amenazando con tirarla al agua.
      -¡Marius no! –Dice gritando mientras cae dentro de la piscina.
      Su pequeña y enfurruñada cabeza sale a la superficie. Debe de estar cansada de que siempre juegue con las mismas cartas. Sujeta como puede la camiseta para que no empiece a flotar y pueda ofrecerme una bonita vista de su cuerpo desnudo. Intenta salpicarme desde dentro de la piscina, pero echándome a un lado, el agua ni me roza. Sale subiendo por las escaleras. La camiseta se le pega al cuerpo, marcando su pequeña figura. Me golpea con los puños cerrados.
      -¡Te odio! ¡Eres un infantil! ¡Y un inmaduro! ¡Y te odio! –Su mirada está llena de rencor. Mis labios se curvan formando una sonrisa.
      -Se te da muy mal mentir. –Mel retiene el aliento y al segundo se ruboriza.
      Nos quedamos en silencio, mirándonos a los ojos. No sé cuánto tiempo estamos el uno frente al otro, un segundo, un minuto, tal vez toda una vida. Sólo sé que en ese período de tiempo me fundí en su mirada.
      Melibea pasa de largo, cortando la cuerda que unos unía.
 
MELIBEA

      Una vez seca, entro de nuevo en la casa. Mi mente perversa comienza a planear su venganza. Bajo rápidamente a la cocina con Marius detrás y abro la nevera, la nata montada esta justo en frente de mí. Cojo el bote y me siento encima de la encimera. Me echo un poco de nata en la boca, directamente del bote. Marius se queda de pie mirándome.
      -¿Quieres? –Le digo moviendo el bote de nata de un lado a otro. Él asiente. Hago un gesto con el dedo índice para que se acerque más. Marius se para entre mis piernas y abre la boca. Empiezo a echarle nata y no paro hasta que esta se sale de su boca, escurriéndose por su barbilla. Soy incapaz de aguantar una fuerte carcajada. Marius se limpia y sonríe con malicia.
      -Te vas a enterar. –Marius me quita la nata de las manos y me la acaba echando por toda la cara y el pelo mientras me hace cosquillas. Grito hasta que para por un momento y en cuanto tengo la oportunidad, salto de la encimera y salgo corriendo escaleras arriba. Me limpio como puedo la cara con la camiseta. Me escondo detrás de la puerta de la habitación de Marius, esperando a que entre para abordarle.

MARIUS

      Entro en mi habitación después de haber entrado en la de Melibea para buscarla. Me siento en la cama para recuperar el aliento cuando Mel salta encima de mí, tumbándonos a los dos en la cama. Se sienta encima de mía a ahorcajadas, con las rodillas a ambos lados de mis caderas. Trato de no pensar en la presión que empieza a ejercer en mi entrepierna. Con un movimiento la desequilibrio.
     Ahora soy yo el que está encima de ella, sujetando sus muñecas, bloqueando sus movimientos. Melibea continúa con esa sonrisa traviesa, respira de forma rápida y continua intentando recuperar el aliento. Mi cuerpo está pegado al suyo. Siento corrientes de un intenso ardor ahí donde su piel me toca. Soy consciente de la ropa que nos separa, desearía poder hacerla desaparecer. Observo su delicado rostro; es preciosa. En sus ojos puedo ver sus dos caras. El azul me muestra su inocencia y el marrón su picardía. Ese charquito de pecas salpicando su nariz. Sus dientes ligeramente torcidos. Y unos labios rosados, unos labios carnosos de aspecto suave. Unos labios que me están prohibidos. Y actuando guiado por mis instintos, la beso. Parece sorprendida pues por un momento todo su cuerpo se tensa, pero en cuestión de segundos se relaja y empieza a dejarse llevar. Su boca se abre dejando paso a mi lengua que se muere por conocer la suya, probar todo su sabor con mis labios, unos labios a los que les da miedo moverse con demasiada determinación por si pudieran lastimarla. El fuego arrasa mi interior. Melibea se arquea instintivamente hacia mí. Nuestras bocas se mueven juntas, conociéndose la una a la otra. Mi mano viaja hasta su cintura. Melibea me acaricia el cuello y se aprieta más contra mí. Tímidamente meto mi mano bajo su camiseta y acaricio su piel. Mel deja escapar un pequeño y suave gutural seguido de un suspiro. Sin darme cuenta mi entrepierna hace presión en la suya y ella se aparta de golpe. No sonríe y tiene gacha la cabeza, está tratando de no cruzarse con mi mirada. Me levanto de la cama y salgo de la habitación dando un portazo.
     



     




    


   
    
    
    
   



    
   
   

   

miércoles, 12 de octubre de 2016

Jóvenes e inexpertos.

     La luz de la luna intentaba abrirse paso entre las cortinas que cubrían la ventana, iluminando levemente nuestros trémulos cuerpos hambrientos y ansiosos por volver a hacerse uno. Sentía sus manos por todas partes, acariciando mi desnudez. Hice que se sentara en el borde de la cama, dispuesta a darle lo que tanto deseaba.
     Su erección entraba y salía de mi boca mientras que a su vez mi mano masajeaba a esta misma de arriba a abajo. No es mucho el tiempo el que estuve arrodillada por temor a que terminara demasiado pronto.
     Ya con el preservativo en su sitio, nos tumbamos en la cama. Él fue directo a mi monte de Venus. Sus dedos bailaban dentro de mí y su lengua acariciaba mi clítoris haciendo que me sintiera más viva que nunca. Su boca se olvidó de mi sexo y fue directa a mis labios. Nuestros sabores se mezclaron entre besos. Su entrepierna rozaba la mía, ansiosa por abrirse paso entre mis muslos. No me hice de rogar. Con una estocada me penetró. Un calor intenso invadió nuestros cuerpos, mandando oleadas de placer por todo él.
     Sus labios, dulces y carnosos, se posaron en mi cuello, pero no por mucho tiempo. Tengo demasiadas cosquillas. Una risa ahogada brotó de mi boca y él la cubrió con la suya. Enredaba sus manos en mi pelo. Nuestras caderas se movían juntas, al principio con torpeza, después con maestría. Su agitada respiración se colaba por mi oído.
     Me puse encima de él, pequeña inexperta. La sentía muy profunda y me gustaba. Movía mis caderas con la ayuda de sus manos que se apoyaban en estas. Gemidos se escapaban de mi garganta. El placer se centraba en mi bajo vientre. Él volvió a tomar el control y de nuevo se puso encima de mí. Mientras me penetraba con continuas y firmes estocadas, una de sus manos bajó de posición y empezó a dibujar círculos con los dedos en mi sexo. Mis músculos se apretaban y me hicieron aferrar con mayor fuerza su espalda, sabía que mi tan esperado clímax se acercaba. Deje de poder controlar mis gemidos y se me fue la voz, me dejé llevar. Un increíble orgasmo tomó posesión de mí. Perdí el aliento, mis pezones estaban duros, mis músculos contraídos, y mi corazón golpeaba con fuerza mi pecho. Él seguía moviendo su pelvis y yo me mordía el labio inferior por no morderle a él. Tres fuertes estocadas fueron las que acabaron con él. Salió de mi interior y se deshizo del condón recién usado. Se sentó entre mis piernas aún abiertas ante él y dibujaba su arco con los dedos y también, sin saberlo, una sonrisa en mis labios que aún no se ha borrado.

martes, 21 de junio de 2016

El Suicidio Emocional

     Por qué dices en fin cuando yo quiero un principio. Uno contigo. Un principio de los que asustan, porque tus sentimientos por fin afloran y empiezas a sentir a las miles de mariposas revoloteando con sus alas dentro de tu estómago. Y tengo miedo, sí. Miedo de que en mi corazón aparezca una cicatriz con tu nombre. Pero ese principio, ese algo, alivia mis temores. Me hace pensar que el posible sufrimiento merece la pena. Es una nueva forma de suicidio. El suicidio emocional; tirarte por un acantilado de emociones para poder sentir la adrenalina recorriendo tu cuerpo, para poder sentir tus labios en mi piel. Y él te hace olvidar el impacto. Pero ya estás cayendo. Empiezas a ver cómo el suelo en el que te vas a estrellar está más cerca. Los recuerdos se apoderan de tus lágrimas. Cada caricia, cada beso, cada "te odio", cada "te quiero". Tu cuerpo explota en mil pedazos. Las mariposas salen huyendo de tu estómago, dispuestas a no volver, y tu último latido te recuerda: "Es mejor haber amado  y perdido que no haber amado nunca".